Le doy demasiada importancia a la ropa.
Me importa el pantalón que cayó a un lado de la cama,
y a la ropa interior que se perdió en el.
Me importa cuando no tengo nada que me cubra,
nada que evite que veas que tiemblo cuando me tocas.
Y aún así trató de mantener oculto el corazón,
la única decencia que me queda, bien escondida ahí dentro,
mezclada con el olor de tu cuerpo y el amor que te tengo.
Y los diálogos que deberían ser y no son,
la contestación a ese te amo,
el hablar del futuro, el decirte que realmente quisiera quedarme ahí,
en ese cuarto de hotel, contigo, por siempre,
también se quedan ahí dentro, guardados, sin ser vistos.
Porque dime, ¿de qué sirve que salgan?
No es a mis palabras a lo que le tengo miedo, es a tu contestación.
Si, como diría mi canción, temo mucho a la respuesta de un jamás.
Y, al menos para mí, cada vez es mejor,
cada vez me cuesta más levantarme de esa cama y vestirme,
cada vez te necesito más, cada vez te quiero más,
cada vez me convenzo más que si me lo pidieras,
estaría así contigo, siempre.
Si no puedo evitar deshacerme de mi ropa cuando estoy contigo,
deja vestida mi alma, para que al menos no se vean los pedazos
cuando, invariablemente, la rompas.
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